El otro día nos preguntábamos con un amigo qué hubiera sido del mundo si los rusos ganaban. Bueno, acá una posible respuesta.
The Ben Stiller Show (1991)
lunes, 1 de noviembre de 2010
viernes, 29 de octubre de 2010
Impriman la leyenda

Diez años atrás, también dentro del marco de un festival,Yo La Tengo brindó un recital que los que lo vivieron lo recuerdan como mítico. Con un puñado más de discos en su haber, y presentando el más nuevo de todos, Popular Songs, el regreso del trío de Nueva Jersey -Ira Kaplan (guitarra y voz), Georgia Hubley (batería y voz) y James Mc New (bajo, teclados y voz)- a Buenos Aires, el 14 y 15 de Octubre, también quedará en la retina melómana de los fans de lo más refinado del rock noventero.
La posibilidad de que se dieran dos fechas generó una fidelidad histórica del grupo hacia su público. Es que Yo La Tengo es una banda elástica que viaja del noise a la canción pop perfecta, pasando por toda una variedad de estaciones musicales.
Así, el jueves, mostraron la faceta más enchufada de su repertorio. La guitarra de Kaplan siempre se mantuvo al frente del batallón eléctrico de canciones que combinaban el ruido más indomable (Drug Test, Cherry Chapstick) con la precisión de la melodía directa al corazón (Something to do), para dejar al público con los ojos rojos, de viaje y emoción, gracias a esa gema que es I Heard You Looking.
La segunda y última fecha fue un recorrido por todos sus discos, canciones ajenas, añejas, y emociones y sonidos de todo tipo y color. Ya con el inicio guitarrero de Little Honda de los Beach Boys, el baile funk lisérgico de Periodically Double or Triple, y las melodías pegadizas de Stockholm Syndrome, el público estaba avisado de que cualquier cosa podía seguir. Y así fue. Después de un largo viaje reposado por canciones como I Feel Like Going Home o Madelin, con la veta más Velvet Undergound en la voz de Georgia Hubley, llegaron Nothing to Hide y la prometida Sugarcube para regalar la felicidad poguera. El final, después de dos bises que incluyeron covers como esa preciosa versión de Somebody´s Baby de Jackson Browne, y la capella de You Can Have It All, llegó con Big Day Coming en versión acústica, para desmitificar que hace falta terminar los shows bien arriba para emocionar.
Tal vez sea porque Ira Kaplan fue crítico de rock que Yo La Tengo conoce tan bien la historia de la música y la refleja y retuerce en su propia discografía y recitales. Puede que por eso sea uno de los grupos favoritos de la crítica. Lo cierto es que Yo La Tengo ya tiene su propia historia, y es una de las leyendas más vivas del rock pasado, presente y futuro. Las dos fechas en La Trastienda no dejan lugar a duda.
jueves, 30 de septiembre de 2010
El Amor en Fuga
En el número pasado, en una nota sobre la homofobia, Héctor Formaiano utilizaba de ejemplo a Una Pareja Despareja y contaba la ridícula censura que ésta película sufre en EEUU, dónde no se pudo estrenar comercialmente por mostrar a Jim Carrey interpretando a un homosexual. Pero la ridiculez y la censura no son sólo americanas. Hace un par de años, cuando se estrenó La Mujer de mis Pesadillas en Argentina, en una escena en la que se tendría que haber visto la pija de un burro, apareció una cinta negra para cubrir el enorme miembro animal. Como era “una comedia tonta con Ben Stiller” y no trataba sobre el holocausto, nadie le dio mucha importancia y se dejó pasar un acto de censura escandaloso. Jim Carrey actuó con estos directores en su mejor trabajo: Irene y Yo y mi Otro Yo, otra película-pesadilla para la miopía bien pensante. Es que no hay peor censura que la auto o la que es impuesta por los pares (es decir, gente sin poder). Si Una Pareja Despareja hiere a la moral norteamericana, no es tanto por Jim Carrey haciendo de gay, sino porque apila todo el estilo de vida norteamericano para hacerlo volar por los aires. Y eso mismo es lo que hacen todas esas comedias americanas como las mencionadas anteriormente (ver también cualquier película dirigida por Ben Stiller o Adam Mc Kay por mencionar casi al azar). Para darse cuenta hay que pensar las películas después de verlas y no antes. Pero bueno, quienes no se quieran divertir, se quedarán con la ñata frente al vidrio, para ellos siempre esmerilado.
Como las distribuidoras también piensan que los que ven películas con Jim Carrey son medio tontos, le ponen un título re-tonto para su estreno en Argentina: Una Pareja Despareja. Pero el título original es I Love You Phillip Morris, que en su traducción al español quiere decir Yo Amo a Phillip Morris. Y en ese yo amo está toda la esencia de la película. Steven Russell (Jim Carrey) es antes que nada una buena persona. Después de que el amor le fue negado por sus padres biológicos, y de afrontar a esa familia, él decide que será la mejor persona posible. Entonces se hace policía (ecos de Irene Y Yo Y Mi Otro Yo), canta en un coro y se vuelve padre y marido ejemplar. Hasta que después de una experiencia que lo deja al borde de la muerte, decide que no hará nunca más nada que no tenga ganas, y así es que vemos, en un excelente travelling, cómo Steven Russell le da masa a un bigotudo, y ahí se acuerda: “Ah sí, soy gay”.
La homosexualidad en Una Pareja Despareja no es tan importante como lo aparenta, es simplemente algo más de lo que se da cuenta Steven Russell que no quiere dejar de ser. También le sucede en el plano económico, cuando cae que en este mundo es mucho más fácil ser feliz con dinero pero no trabajando, y se convierte en un estafador. Pero él lo aclara, “nunca le hice mal a nadie”. Y así es, porque, como un Robin Hood individualista, Russel le roba a grandes corporaciones que no sufren la falta de unas monedas que para los demás pueden valer mucho más. Aunque no es tan individualista este Hood, ya que con los suyos, su ex mujer, sus hijos, su ex novio, comparte todo. Y ni hablar de Phillip Morris (Ewan Mc Gregor), a quién al final de la película Russell le dice que, bien o mal, todo lo hizo por él. El personaje que interpreta Jim Carrey hace todo por amor y en todos deja su huella, y la intensidad a la que llegan estos dos personajes ya dejó algunas escenas en la historia del suspiro cinematográfico.
Pero para poder alcanzar algo de verdad, reconocerse a sí mismo, e impartir amor a sus superamigos, Steven Russell tiene que pasar primero por todas las farsas: de hacer la vida más correcta posible, como policía y cantante de un coro (esa imagen de lo que es una buena persona que Russel sabrá rápidamente una mentira), a gerente de un banco, estafador, maestro del disfraz y genio del escapismo. Además de ser bueno, Russell es inteligente, y alguna idea de que los estúpidos son peores que los hijos de puta, existe en esta película también.
Pero si hay algo que Una Pareja Despareja tiene de acertado e inteligente es que ella se sabe Russell y lo acompaña durante todo su proceso. Por eso es difícil clasificar esta película: a veces es una comedia negra, otras una romántica, un melodrama, espionaje, o un homenaje a Atrápame si Puedes de Spielberg. Una Pareja Despareja es, antes que nada, una película libre, en fuga. Es esa libertad que requiere ya Russel el verdadero, en quién está basada esta película que también es un biopic. Así que ya saben los serios, no es una película tonta con Jim Carrey, o al menos no sólo es eso. Es una sorpresa, es una de las muy buenas películas del año.
jueves, 22 de julio de 2010
Encuentros Cercanos
Un McGuffin es una excusa argumental para desplegar un universo visual, una serie de situaciones que serán el verdadero motivo de por qué la película que vemos es esa y no otra, y su característica principal es que da lo mismo cuál sea ya que el McGuffin es totalmente intercambiable. Hitchcok decía que “en historias de rufianes siempre es un collar y en historias de espías siempre son los documentos”. Bueno, en Encuentro Explosivo es una batería que todos codician, desde los traficantes de armas colombianos hasta la C.I.A., pero el que la tiene es Tom Cruise (y no digo el nombre de su personaje porque no importa, porque es una película sobre Tom Cruise). Bien, hasta aquí el mcguffin ¿Cuál es el “verdadero” asunto de Encuentro Explosivo? Como ya dijimos, Tom Cruise, y también Camerón Díaz y también el cine, que esta película sabe que es El Cine.
Como Planet Terror pero del lado A de la cinta (la cinta blanca, se podría decir), Encuentro Explosivo no le teme a esas frases de la crítica dormida como "cinefilia muerta". Y yo pienso que ese es un mal de muchas películas cancheras, pero no se utilizan las citas críticas de una forma tan mortuoria como lo hace algún cine. Frente a tanta explosión primero hay que saber disfrutar y, después, andar con pensamiento.
Sí, el homenaje es mucho en Encuentro Explosivo y la película "no trata de nada", pero la mayor cita está más viva que nunca: Tom Cruise y Cameron Díaz. No hay actores que representen tan bien a Hollywood como estos dos; en el caso de Cameron Díaz, tal vez por descarte, aunque sea una gran actriz, pero en el de Cruise porque ha llenado, como nadie desde su irrupción en los ochenta, el cuadro (siempre sin límites) del imaginario cinéfilo. Tom Cruise es el Cary Grant de nuestros tiempos y es la cédula de identidad que pelaría el cine como así lo fue y lo será por siempre John Wayne. Que el tío Tom haya actuado en tantas obras maestras tampoco es una casualidad.
El lado A de la cinta es ese que se viste de etiqueta y que no queda ridículo ni aburrido, que se puede tirar abajo de una roca gigante pero nunca perder el sombrero. Encuentro Explosivo homenajea al cine clásico de Hollywood y al de super acción, a la buena educación, pero sin nostalgia, a pura felicidad. ¿Cuál es el conflicto? Ninguno, claro está, porque no lo necesitamos y porque, de haberlo, claro que confiamos en que un tipo como Tom Cruise lo va a solucionar. Y lo sabemos porque lo conocemos. Encuentro Explosivo es también una historia de encuentros cercanos.
Hay dos secuencias-espejo en la película. En la primera Cruise droga a Díaz por su bien, para que sea más dócil y fácil de trasladar; en la segunda Díaz hace lo mismo con Cruise. Ambas están filmadas como subjetivas de los personajes anestesiados y todo se ve en un fundido a negro fluido, como en un sueño. Esta es una de las mejores y más claras definiciones de lo que siempre fue y será (no por su presente ni por su futuro, sino por su inmortalidad) Hollywood: una fábrica de sueños. Esas imágenes muestran lanchas, tiros, autos convertibles, arrojos en paracaídas e islas. Todas esas imágenes están asociadas a Hollywood y SON el Cine. Tom Cruise y Cameron Díaz, también.
sábado, 17 de julio de 2010
Chau Harvey Pekar
Hay gente que está muy pendiente de las noticias y otra, medio extraña para mi gusto, que se sabe todos los obituarios. Yo no, pero de esto me enteré.
martes, 6 de julio de 2010
miércoles, 30 de junio de 2010
El país de ahora o nunca
La ópera prima de Marco Berger comienza con una premisa y con un ritmo de comedia romántica de enredos: chico recién separado de chica, y obsesionado con ella, persigue a nuevo novio de chica e intenta seducirlo para lograr que la flamante relación sea destruida desde adentro y chica vuelva a sus manos. Y, como en toda comedia de enredos, las cosas no salen según lo esperado y Bruno (dejemos eso de chicos como la película irá dejando el género de la comedia) empezará a enamorarse de Pablo, el nuevo novio de Laura. Así, lo que era un plan b termina convirtiéndose en un plan c y Plan B termina haciendo acto la promesa de las bromantic comedies (subgénero cómico que juega con la amistad entre hombres y con la sugerencia de algo más).
Seguro que la película de Berger es sobre el conocimiento de la propia sexualidad y de cómo se afronta ese proceso. Pero es también una película sobre más cosas y sobre más cosas que afrontar. Es, más que nada una película sobre la identidad; sobre la búsqueda de ella, la huida de ella y su consolidación. Y así tendrán que confrontarse los personajes más que nada con su deseo de quedarse en la niñez y con tener que crecer, con todo a la vez, con la cabeza a punto de explotar, cómo dice Bruno en un momento.
Leí en algún lado una crítica que decía que uno de los problemas que tenía la película era que no desarrollaba de qué vivían los personajes, si trabajaban o no, o si estudiaban. Un aspecto problemático de esa crítica es que plantea que todo debe ser explicado por igual en un film; de esa forma podríamos pedirle a Berger que cuente cómo es el clima en que habitan los personajes, quienes son sus familiares, bajo que presidencia están y así sin fin. Otro, y el más grave, es que no se da cuenta de lo deliberado del asunto. A medida que avanza el metraje, Bruno y Pablo hablan todo el tiempo de la infancia, de que si pudieran ser juguetes cuál serían, de cómo cuando un amigo se quedaba a dormir se prolongaban las charlas en la oscuridad, de Peter Pan y de que esa idea del País de Nunca Jamás, donde siempre se es niño, era una mentira.
Y de poder entender que la niñez no era una mentira sino que terminó, dependen los personajes, y no sólo su capacidad para asumir su sexualidad en general, y sus sentimientos con la relación que contruyen entre los dos en particular, sino mucho más: de eso depende el hacerse hombres, el pararse en el mundo por decisión propia, el hacerse adultos. Y ya sabemos que el trabajo se encuentra en el área de los adultos, por eso Berger lo saca de la puesta en escena.
De esta búsqueda de la identidad se desprende lo mejor y lo peor de Plan B: lo mejor por hacer más grande una película de lo que aparenta a base de ideas, y por las decisiones que toma para desarrollarlas, y lo peor, también, por ciertas decisiones que toma para desarrollarlas. Una muy buena es, por ejemplo, que el personaje de Pablo no reconozca a Bruno aunque lo haya visto en una foto. Otra, en el comienzo, que con sólo un movimiento de cámara cambie el clima y pase de la inocencia de la niñez a lo seco de la adultez, sin subrayar nada. Pero por el otro lado están algunos diálogos que sobreexplican (como el anteriormente mencionado de Peter Pan y el País de Nunca Jamás) y, sobre todo, la decisión de vestir a Bruno con una camiseta de Argentina del 78, que se ve varias veces, y que hace un juego con la búsqueda de la identidad sexual y de la de los hijos de desaparecidos que suena impuesto, políticamente correcto, estéril y, más que nada, busca cierta profundidad política que no le hace falta a la película porque ya se encuentra ahí, mucho más sugerida e inteligente.
Sin embargo, y a pesar de estos aspectos y de que la película pierda un poco el ritmo al final alargándose innecesariamente, Marco Berger, con un buen guión y con unos actores impecables, Manuel Vignau y Lucas Ferraro, logra llenar de verdad y ternura a su primera película y sacarnos la promesa de que estaremos atentos cuándo salga la segunda. Un buen Plan A.
jueves, 17 de junio de 2010
Golea Argentina y se estrena ¿la mejor película del año? Puede ser, lo seguro es que hoy se estrena Toy Story 3 y, si no es la mejor, en el travesaño queda marcada.
A las dos partes anteriores de la saga se les suma la tercera que parece confirmar que cada vez que Pixar hace algo, lo hace mejor. Esta vez, con la dirección de Lee Unkrich, se cuenta cómo Andy, ya crecido y por irse a la universidad, regala sus juguetes. Así, Woody, Buzz y compañía terminan en una guardería, conocen nuevos juguetes y lo demás es puro cine subido a una montaña rusa. Todo está bien: las citas, los chistes, los nuevos personajes (¡uy, ese mono tremendo!).
Independientemente de a quién le toque la dirección, Pixar sostiene la bandera del trabajo colectivo y no se cansa de afirmar que es la mejor productora de todas; el mejor cine de la década pasada y de ésta que comienza pasó por ellos y siempre, con la técnica justa para la narración justa, apuestan a lo mismo: el amor. Sí, tíldenme de naif, pero cuando finaliza Toy Story 3 sabemos que lo que importa es estar acompañados y, aunque tengamos que dejar que se vaya aquel al que queremos, siempre tendrá que quedarnos alguien. Porque para eso está la vida, la de los humanos y la de los juguetes. Y ese “mensaje” lo entiende desde el cuarentón que extraña sus muñecos hasta el nene que no puede leer los subtítulos.
Independientemente de a quién le toque la dirección, Pixar sostiene la bandera del trabajo colectivo y no se cansa de afirmar que es la mejor productora de todas; el mejor cine de la década pasada y de ésta que comienza pasó por ellos y siempre, con la técnica justa para la narración justa, apuestan a lo mismo: el amor. Sí, tíldenme de naif, pero cuando finaliza Toy Story 3 sabemos que lo que importa es estar acompañados y, aunque tengamos que dejar que se vaya aquel al que queremos, siempre tendrá que quedarnos alguien. Porque para eso está la vida, la de los humanos y la de los juguetes. Y ese “mensaje” lo entiende desde el cuarentón que extraña sus muñecos hasta el nene que no puede leer los subtítulos.
jueves, 10 de junio de 2010
Horas Desesperadas
Desde hace unas semanas que la cartelera está muy empobrecida, con súper héroes nacionalistas, mujeres adictas al bótox y al shopping, producciones hollywoodenses en piloto automático y un cine europeo que de gritar “¡profundo!” se atraganta y tose “¡banal!”. Como una real heroína del cine nacional Anahí Berneri pela capa y súper poder y nos rescata de las garras maléficas de los villanos con su última película.
Por tu Culpa es el tercer largometraje de esta cineasta después de Un Año Sin Amor y Encarnación que, como ésta, tenía un papel femenino magistralmente construido, interpretado por Silvia Pérez. Y Por tu Culpa es también la confirmación de Berneri como una gran directora. Y una respuesta escupida a los que creen que la mujer es eso que se retrata en Sex and the City 2, o la comedia, o el cine, o…pongan lo que quieran porque no se puede encontrar nada de verdad en ese esperpento. Por tu Culpa es cine antes que nada. Y es verdadero.
Y lo verdadero está, también, en hacer real lo fantástico. Una madre (muy bien actuada por Érica Rivas) atareada de trabajo está, a la vez, cuidando a sus hijos que juegan como unos salvajes hasta que se produce un accidente. A partir de ahí, la madre se ve acusada por maltrato y todo lo que está registrado de una manera totalmente realista parece convertirse en pesadilla hasta terminar con una estructura casi de episodio de La Dimensión Desconocida. Y, para atajarme un poco, no es que formalmente tenga relaciones directas, pero si las tiene sensorialmente, con la serie de televisión. Hay algo de sueño en Por tu Culpa, del sueño del cansancio, del anestésico hospitalario y, más que nada, de un sueño que no puede ser real, del cual Érica Rivas transmite todo el tiempo la sensación de no estar creyéndolo pero inmovilizada frente a la pesadilla, con la necesidad urgente de despertar .
La forma en la que Berneri aborda este mini cuento (coescrito con Sergio Wolf) es estando ahí, con planos cerrados, cámara en mano, y fascinándose con los objetos, con los sonidos, con los pasillos de los hospitales. Es reconocible cierta tendencia del cine argentino independiente en sus procedimientos pero, sin embargo, las referencias que más aparecen vienen de otros lares. La primera excelente secuencia hace acordar a las primeras películas de Spielberg por esa capacidad para mostrar la acción de varios personajes a la vez, sobre todo niños, y por los dibujos animados, la T.V. omnipresente, y por generar esa sensación de realismo tan bien lograda. Spielberg es uno de los directores que mejor puede hacer real lo fantástico. También Por tu Culpa es una one-night movie, que centra toda la acción en una sola noche, no como Supercool, no como Rebeldes y Confundidos, pero sí muy conectada con Después de Hora de Martin Scorsese donde el protagonista se quedaba a hacer horas extras en la oficina y terminaba viviendo una noche de aventuras nocturnas endiabladas. Y hay ecos de Los Guerreros de Walter Hill, película nocturna de pandillas, de una en particular que es acusada de un asesinato que no cometió, que tendrá que probar su inocencia y, más que nada, su valor, su temple, su capacidad guerrera, su capacidad de crecer.
El mayor mérito de Berneri es instalar la atmósfera de cuento fantástico en una historia cotidiana filmada con realismo, sin necesidad de maquillaje ni efectos .Y poniendo todo patas para arriba. De lo cotidiano a lo doméstico, de lo doméstico a su peligro, de la tragedia a lo fantástico, del sueño a la pesadilla, de la pesadilla al despertar dormido, y del sonambulismo vuelta a dormir.
Esa sensación de mal sueño del que hay que despertar se evidencia en el último plano donde se la ve a Rivas tirada en la cama al amanecer, pero no se está despertando, se está yendo a dormir. La historia sin fin de la noche dada vuelta.
viernes, 23 de abril de 2010
La caja mágica
Bueno, escribí La caja como mil veces pensando que así se llamaba pero en verdad es La caja mortal. Seguro que en España le pusieron La caja a secas así que no jodan.
Publicado en House Cinema
Hace aproximadamente un mes, con respecto al estreno de La isla siniestra, escribía en esta página permitiéndome dudar sobre sus valores o desvalores, pensando que, detrás de algunos elementos que la volvían en apariencia banal, se escondía una película muy rica que tenía muchas ideas sobre el cine y necesitaba escupirlas todas juntas y que, con el tiempo y con más visiones, crecería su sentido. Hoy estoy totalmente convencido de la riqueza de esa película.
Con la nueva entrega del director de Donnie Darko me pasó algo muy parecido. La primera vez que la vi estaba atornillado a la butaca (bah, a la cama, la verdad) debido a los climas enigmáticos y terroríficos que me proporcionaba la película, muy similares a los que logra David Lynch en su mejor estado. A la trama, ya de por sí inquietante, se le sumaba la actuación de Cameron Díaz en un papel que no debería ser para ella, no porque no esté bien en ese personaje sino por estarlo demasiado, porque le salga tan perturbador. Es que Cameron Díaz no es una actriz que uno pueda pensar tan pervertible; es la sonrisa eterna de la comedia americana, el gesto que nos garantiza tranquilidad. Y así, haciendo recursos la imaginación y la capacidad para construir climas, La caja me sumía en una pesadilla placentera hasta que llegó el final. Cuando todo, bien a lo Lynch, parecía que se iba a fugar para siempre, que solo quedaba disfrutar de los climas, de las puras formas cinematográficas y que La caja era un canto a la aventura onírica del cine, todo se tuvo que cerrar con un final explicativo de más, moralista y hasta cruel. Enojado, la calificación fue: Desilusión. Aunque había una pregunta molesta que golpeaba mi cabeza y para con la cual me fui haciendo el tonto, a medida que pasaban las semanas, hasta olvidarme: ¿Un mal final puede invalidar toda una película que prometía festejo? La respuesta es simple: No o sí, dependiendo del caso. En La niebla de Frank Darabont yo creo que no, por ejemplo. Pero con esta sabía que por alguna razón me hacía tal pregunta. Así que llegó la fecha del estreno y, como tenía que escribir algo, la volví a ver.
Un poco avergonzado de mí mismo me fui alertando de un montón de cosas que antes no había tenido en cuenta, algo que suele suceder en las segundas miradas con las películas jugosas (con otras no vale la pena ni llegar a la mitad de la primera). El clima enrarecido seguía y el miedo, lamentablemente, también. Pero sólo el miedo que la película pretendía generar, mientras que el que me provocaba acercarme a ese final que había detestado desaparecía poco a poco por la confianza que me generaba la puesta en escena sólida y al mismo tiempo líquida, inabarcable. Algo que nos encanta a los críticos es el metalenguaje, por dedicarnos básicamente a uno (la crítica lo es) y solemos estar atentos a las señales que da el cine sobre sí mismo. En este caso tengo que admitir que se me pasó por completo en la primera vez que vi la película. Y hay que decir que La caja es una película sobre la mirada. A lo largo del film se habla siempre de la luz, de que hay que ir hacia la luz (“que al final nos cegará”, quién avisa no traiciona); los personajes de Cameron Díaz y del temible Frank Langella fueron afectados en algún momento de sus vidas por distintos tipos de rayos; el protagonista es el creador de una cámara para filmar Marte; en los momentos de mayor paranoia (La Caja es una película tan o más paranoica que La isla siniestra) los personajes principales son observados por legiones de personas atentas; aparecen rollos fílmicos; hay espejos y reflejos y más.
Este año comenzó con una película que replanteaba la forma de mirar y de hacer cine: Avatar. Aunque los ciegos de siempre se resistan, la última película de Cameron tiene muchísimas capas que con cada nueva visión no terminamos de agotar, y sus múltiples ramificaciones se seguirán extendiendo con el pasar de los años. Avatar puso y sigue poniendo a prueba al cine, al espectador y al crítico: ese conjunto cineasta-espectador-crítico que piensa que tecnología es sinónima de “efectos especiales flasheros” (para alabarla o vapulearla) cuando en realidad es la constitución de un lenguaje. En un momento de La caja se cita a la tercera ley de Clarke (Arthur C. Clarke fue un importante escritor de ciencia-ficción y científico británico interesado en la astronáutica): “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Y es imposible dejar de pensar que la tecnología de avanzada indistinguible de la magia del siglo XX es el cine. Tal vez estas películas como La isla siniestra y La caja, más agrupadas entre sí que con Avatar (por ser menos sólidas en sus planteos, más dubitativas), se estén planteando tantas ideas de forma poco clara por dos motivos. Primero por la incertidumbre de hacia dónde va el cine, lo que requiere un replanteo de con que elementos y desde dónde abarcarlo, y segundo porque el cine es algo tan poco claro, tan poco seguro como la magia. De hecho también se habla en la película de lugares desconocidos, se habla de Marte como algo que “ha agitado la imaginación de la humanidad desde hace mucho tiempo” y también se habla de “nuevas formas de exploración”. Marte, cine. Es lo mismo.
Otra conexión con Avatar tiene que ver con la idea de la muerte de la mirada que conocemos y el renacimiento de una nueva. Para constatar esto el espectador tiene que ver sí o sí la película o le cuento el final. Mejor, mirar. Pero ya se pueden adivinar en algunas críticas ciertos palos al film por pecar de machista. La verdad es que el personaje de Cameron Díaz es el único que tiene la fuerza para tomar decisiones, la del principio y la del final. Y sí, una de ellas desatará un infierno para los protagonistas pero también una aventura fílmica para el espectador. Y otra dará un nuevo nacimiento a la imagen y el sonido.
Hasta acá lo que se puede escribir. El resto es ver, parecieran decir estas películas, con un ojo más atento, más alerta, más acorde a estas obras que están siempre en movimiento, que son siempre películas distintas de sí mismas. Y en todo caso, en la búsqueda de captar algo de la magia, hacerle honor a la segunda ley de Clarke: “La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.”
Con la nueva entrega del director de Donnie Darko me pasó algo muy parecido. La primera vez que la vi estaba atornillado a la butaca (bah, a la cama, la verdad) debido a los climas enigmáticos y terroríficos que me proporcionaba la película, muy similares a los que logra David Lynch en su mejor estado. A la trama, ya de por sí inquietante, se le sumaba la actuación de Cameron Díaz en un papel que no debería ser para ella, no porque no esté bien en ese personaje sino por estarlo demasiado, porque le salga tan perturbador. Es que Cameron Díaz no es una actriz que uno pueda pensar tan pervertible; es la sonrisa eterna de la comedia americana, el gesto que nos garantiza tranquilidad. Y así, haciendo recursos la imaginación y la capacidad para construir climas, La caja me sumía en una pesadilla placentera hasta que llegó el final. Cuando todo, bien a lo Lynch, parecía que se iba a fugar para siempre, que solo quedaba disfrutar de los climas, de las puras formas cinematográficas y que La caja era un canto a la aventura onírica del cine, todo se tuvo que cerrar con un final explicativo de más, moralista y hasta cruel. Enojado, la calificación fue: Desilusión. Aunque había una pregunta molesta que golpeaba mi cabeza y para con la cual me fui haciendo el tonto, a medida que pasaban las semanas, hasta olvidarme: ¿Un mal final puede invalidar toda una película que prometía festejo? La respuesta es simple: No o sí, dependiendo del caso. En La niebla de Frank Darabont yo creo que no, por ejemplo. Pero con esta sabía que por alguna razón me hacía tal pregunta. Así que llegó la fecha del estreno y, como tenía que escribir algo, la volví a ver.
Un poco avergonzado de mí mismo me fui alertando de un montón de cosas que antes no había tenido en cuenta, algo que suele suceder en las segundas miradas con las películas jugosas (con otras no vale la pena ni llegar a la mitad de la primera). El clima enrarecido seguía y el miedo, lamentablemente, también. Pero sólo el miedo que la película pretendía generar, mientras que el que me provocaba acercarme a ese final que había detestado desaparecía poco a poco por la confianza que me generaba la puesta en escena sólida y al mismo tiempo líquida, inabarcable. Algo que nos encanta a los críticos es el metalenguaje, por dedicarnos básicamente a uno (la crítica lo es) y solemos estar atentos a las señales que da el cine sobre sí mismo. En este caso tengo que admitir que se me pasó por completo en la primera vez que vi la película. Y hay que decir que La caja es una película sobre la mirada. A lo largo del film se habla siempre de la luz, de que hay que ir hacia la luz (“que al final nos cegará”, quién avisa no traiciona); los personajes de Cameron Díaz y del temible Frank Langella fueron afectados en algún momento de sus vidas por distintos tipos de rayos; el protagonista es el creador de una cámara para filmar Marte; en los momentos de mayor paranoia (La Caja es una película tan o más paranoica que La isla siniestra) los personajes principales son observados por legiones de personas atentas; aparecen rollos fílmicos; hay espejos y reflejos y más.
Este año comenzó con una película que replanteaba la forma de mirar y de hacer cine: Avatar. Aunque los ciegos de siempre se resistan, la última película de Cameron tiene muchísimas capas que con cada nueva visión no terminamos de agotar, y sus múltiples ramificaciones se seguirán extendiendo con el pasar de los años. Avatar puso y sigue poniendo a prueba al cine, al espectador y al crítico: ese conjunto cineasta-espectador-crítico que piensa que tecnología es sinónima de “efectos especiales flasheros” (para alabarla o vapulearla) cuando en realidad es la constitución de un lenguaje. En un momento de La caja se cita a la tercera ley de Clarke (Arthur C. Clarke fue un importante escritor de ciencia-ficción y científico británico interesado en la astronáutica): “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Y es imposible dejar de pensar que la tecnología de avanzada indistinguible de la magia del siglo XX es el cine. Tal vez estas películas como La isla siniestra y La caja, más agrupadas entre sí que con Avatar (por ser menos sólidas en sus planteos, más dubitativas), se estén planteando tantas ideas de forma poco clara por dos motivos. Primero por la incertidumbre de hacia dónde va el cine, lo que requiere un replanteo de con que elementos y desde dónde abarcarlo, y segundo porque el cine es algo tan poco claro, tan poco seguro como la magia. De hecho también se habla en la película de lugares desconocidos, se habla de Marte como algo que “ha agitado la imaginación de la humanidad desde hace mucho tiempo” y también se habla de “nuevas formas de exploración”. Marte, cine. Es lo mismo.
Otra conexión con Avatar tiene que ver con la idea de la muerte de la mirada que conocemos y el renacimiento de una nueva. Para constatar esto el espectador tiene que ver sí o sí la película o le cuento el final. Mejor, mirar. Pero ya se pueden adivinar en algunas críticas ciertos palos al film por pecar de machista. La verdad es que el personaje de Cameron Díaz es el único que tiene la fuerza para tomar decisiones, la del principio y la del final. Y sí, una de ellas desatará un infierno para los protagonistas pero también una aventura fílmica para el espectador. Y otra dará un nuevo nacimiento a la imagen y el sonido.
Hasta acá lo que se puede escribir. El resto es ver, parecieran decir estas películas, con un ojo más atento, más alerta, más acorde a estas obras que están siempre en movimiento, que son siempre películas distintas de sí mismas. Y en todo caso, en la búsqueda de captar algo de la magia, hacerle honor a la segunda ley de Clarke: “La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.”
sábado, 27 de marzo de 2010
Un hombre zorro adolescente
Para Ce, que sabe mucho de diálogos
Apenas empezada la película se produce este diálogo entre Mr. Fox, el protagonista, y Mrs. Fox:
Mr. Fox: ¿Vamos por el atajo o por la ruta panorámica?
Mrs. Fox: Vamos por el atajo.
Mr. Fox: Pero la ruta panorámica es mucho más bonita.
Mrs. Fox: Bueno, vamos por la ruta.
Mr. Fox: Genial, en realidad, es algo más rápida de todos modos.
Con unas pocas líneas y en menos de dos minutos (títulos incluidos) ya está pintado (o enmuñecado ya que ésta es una animación stop motion hecha con muñecos) el personaje de Mr. Fox. Él, para variar, porque se nota que Mrs. Fox está acostumbrada, quiere que su mujer elija el camino por el que irán pero sabe que no va a poder con su genio y termina eligiéndolo él mismo. A esta altura de su vida Mr. Fox no tiene ninguna posibilidad de torcer su destino.
Sí, 12 años después, Fox es un zorro que no quiere serlo y que se hace periodista y sabe latín y francés. Ese cambio ya lo hizo pero sigue necesitando robar gallinas y satisfacer sus instintos más naturales. El cambio, y la madurez, que necesita Mr. Fox es la de aceptarse como es y aplacar su necesidad de “cambiar”. Esa es la crisis que a los cuarenta y pico vive el protagonista y que es prácticamente la misma que atraviesa su hijo, Ash, que recién entra en la adolescencia. Otra vez Wes Anderson nos entrega un personaje al que se le hace muy difícil crecer (cualquier relación conque el film sea una adaptación de una novela de Roald Dahl, quién escribió Matilda y Charlie y la fábrica de chocolate, no creo que sea pura coincidencia).
El cine animado le sienta muy bien a Wes Anderson ya que podría decirse que antes hacía casi lo mismo. ¿Recuerdan esa maravillosa secuencia inicial de Los excentricos Tenembaum y cómo estaban presentados sus personajes, no se parecía mucho a la manera de presentar al correcaminos y al coyote? Todos los personajes de Wes Anderson parecen ser dibujos animados, caricaturas, pero no porque les falte complejidad sino porque se quedaron atrapados en una dimensión y no pueden ver más allá. Como el honesto cineasta que es, Anderson no abandona a sus personajes y establece una puesta en escena acorde a ellos, por eso la abundancia en su cine de planos horizontales y frontales sin profundidad de campo alguna. No porque, repito, sus criaturas no sean complejas sino porque todavía no saben que lo son, porque están atrapados sin poder crecer ni moverse para otro lado, como, otra vez, el coyote, que no puede evitar perseguir siempre al correcaminos y salir perdiendo. Y el mayor problema que tiene el adolescente Mr. Fox es que, perdido en su limbo, no puede evitar lastimar a los que quiere y al darse cuenta de esto es cuando toca fondo y sale de la madriguera. Toda una declaración de principios: Ok, es muy importante estar bien con uno mismo pero no vale nada si no hay con quién.
Anderson retrata el momento de mayor crisis de sus personajes, momento que, si lo pasan, sería retratado de otra forma, dejarían de parecer caricaturas. La superación personal (que expresión espantosa que por suerte acá queda invalidada por tratarse de animales)queda fuera de campo. Si hubiese una segunda parte de Los excéntricos Tenembaum ya no podría estar filmada de esa forma. Wes Anderson filma ese momento en el que decimos “ya está, empiezo terapia”. Que después la terapia no sirva para nada es otro cantar pero bueno, es así, es difícil dejar de ser un zorro. Y también lo es elegir otro camino del que se está acostumbrado a tomar.
El cine animado le sienta muy bien a Wes Anderson ya que podría decirse que antes hacía casi lo mismo. ¿Recuerdan esa maravillosa secuencia inicial de Los excentricos Tenembaum y cómo estaban presentados sus personajes, no se parecía mucho a la manera de presentar al correcaminos y al coyote? Todos los personajes de Wes Anderson parecen ser dibujos animados, caricaturas, pero no porque les falte complejidad sino porque se quedaron atrapados en una dimensión y no pueden ver más allá. Como el honesto cineasta que es, Anderson no abandona a sus personajes y establece una puesta en escena acorde a ellos, por eso la abundancia en su cine de planos horizontales y frontales sin profundidad de campo alguna. No porque, repito, sus criaturas no sean complejas sino porque todavía no saben que lo son, porque están atrapados sin poder crecer ni moverse para otro lado, como, otra vez, el coyote, que no puede evitar perseguir siempre al correcaminos y salir perdiendo. Y el mayor problema que tiene el adolescente Mr. Fox es que, perdido en su limbo, no puede evitar lastimar a los que quiere y al darse cuenta de esto es cuando toca fondo y sale de la madriguera. Toda una declaración de principios: Ok, es muy importante estar bien con uno mismo pero no vale nada si no hay con quién.
Anderson retrata el momento de mayor crisis de sus personajes, momento que, si lo pasan, sería retratado de otra forma, dejarían de parecer caricaturas. La superación personal (que expresión espantosa que por suerte acá queda invalidada por tratarse de animales)queda fuera de campo. Si hubiese una segunda parte de Los excéntricos Tenembaum ya no podría estar filmada de esa forma. Wes Anderson filma ese momento en el que decimos “ya está, empiezo terapia”. Que después la terapia no sirva para nada es otro cantar pero bueno, es así, es difícil dejar de ser un zorro. Y también lo es elegir otro camino del que se está acostumbrado a tomar.
Publicada en House Cinema
lunes, 15 de marzo de 2010
Del otro lado del espejo
El cine nunca es lo que parece. Es el lenguaje artístico más realista de todos y por eso es la mentira más sofisticada. La tecnología como cómplice del robo del siglo (pasado).
La nueva película de Martin Scorsese es cine y son muchas cosas a la vez dentro de él. Tal vez esta sea su obra más ambiciosa. Ya sabemos que a Marti hace algunos años lo que más le importaba era ganar el Oscar y hacerse respetar a base de tirar cien mil ideas por minuto, lo que hacía que sus últimas películas (a excepción de Los infiltrados, paradójicamente ganadora del Oscar) resultaran un tanto pesadas y pretensiosas. La isla siniestra no pareciera ser la excepción pero el cine nunca es lo que parece. O, mejor dicho, las apariencias son bastante más complejas de descifrar.
En La isla siniestra hay mucha cinefilia. Se repasa toda una variedad de géneros, desde el policial negro hasta el terror, pasando por el cine de aventuras, el bélico y el melodrama. Y mezcla el cine más clásico con recursos vanguardistas. También hay situaciones oníricas, recuerdos de los campos de exterminio nazi y mucha, mucha locura. Por momentos pareciera que todo lo logrado con su potencia narrativa, con sus climas enigmáticos se cayera en mil pedazos, por ejemplo, con las decisiones morales y formales (en el cine son una misma cosa) que el director toma a la hora de filmar los campos de exterminio. Los primeros planos de niños muertos se suceden y hay un fusilamiento estetizado de más en un travelling que produce un rechazo casi instantáneo. Además, como si fuera poco, hacia la segunda mitad de la película hay una vuelta de tuerca que resignifica todo lo visto, pero lo hace de una manera tan previsible y ramplona que uno se pregunta si tiene que imitar a una gran parte del resto de los espectadores de la función e irse de la sala. Al principio casi me convenzo de que tendría que haber hecho eso pero, habiéndome quedado hasta el final de la proyección y con unos días más para pensar, me pregunto ahora si Scorsese es o se hace.
De lo que no se puede dudar es que Martin Scorsese sabe de cine y, más que nada, vio mucho. En la película esto se evidencia en las múltiples citas cinéfilas y en la soltura con la que se maneja por distintos géneros. Esto da una pauta de que el film puede ser un film sobre el cine mismo. Además que la Historia se incluya en el relato, más allá de por la repercusión directa que ésta tiene en el personaje de Teddy Daniels, puede ser porque Scorsese quiera decir que también es una película sobre la historia del cine. Y si encima pensamos que el momento histórico en el que transcurre es la post guerra, cuando surge un movimiento muy importante de crítica cinematográfica que ayudó a forjar la historia grande del cine y, entre otras cosas, fue generador de textos sobre la cuestión moral o cómo filmar los campos de exterminio, todo empieza a cerrar un poco más o a abrirse del todo.
Además está el final, esa resolución donde nos damos cuenta –aunque simple vista de manera estúpida- que las cosas no son lo que parecen. Otra vez, como el cine.
El cine es el retrato más cabal de la realidad, ella es su materia prima. Y por eso funciona como reflejo del mundo que habitamos, como un espejo macabro, porque no es nuestro mundo, está del otro lado de la pantalla aunque se parezca a éste. Es una dimensión paralela. Deforme. Por eso nos inquietamos tanto cuando, estando en una sala, vemos en la pantalla otra (recuerden Imperio). Porque es una puesta en abismo demasiado difícil de soportar.
Tal vez La Isla siniestra, en sus momentos inmorales y banales sea también un reflejo, una puesta en perspectiva torcida, ya no del mundo sino del cine. Y, tal vez, todo lo que vimos como una estupidez, sea una máscara que esconde una obra desaforada y reflexiva a la vez. Lo que es seguro es que con una sola mirada no alcanza. Habrá que volver sobre esta película demente y desentrañar si es una genialidad o si este texto es un tonto ilusionado.
Publicado en House Cinema
La nueva película de Martin Scorsese es cine y son muchas cosas a la vez dentro de él. Tal vez esta sea su obra más ambiciosa. Ya sabemos que a Marti hace algunos años lo que más le importaba era ganar el Oscar y hacerse respetar a base de tirar cien mil ideas por minuto, lo que hacía que sus últimas películas (a excepción de Los infiltrados, paradójicamente ganadora del Oscar) resultaran un tanto pesadas y pretensiosas. La isla siniestra no pareciera ser la excepción pero el cine nunca es lo que parece. O, mejor dicho, las apariencias son bastante más complejas de descifrar.
En La isla siniestra hay mucha cinefilia. Se repasa toda una variedad de géneros, desde el policial negro hasta el terror, pasando por el cine de aventuras, el bélico y el melodrama. Y mezcla el cine más clásico con recursos vanguardistas. También hay situaciones oníricas, recuerdos de los campos de exterminio nazi y mucha, mucha locura. Por momentos pareciera que todo lo logrado con su potencia narrativa, con sus climas enigmáticos se cayera en mil pedazos, por ejemplo, con las decisiones morales y formales (en el cine son una misma cosa) que el director toma a la hora de filmar los campos de exterminio. Los primeros planos de niños muertos se suceden y hay un fusilamiento estetizado de más en un travelling que produce un rechazo casi instantáneo. Además, como si fuera poco, hacia la segunda mitad de la película hay una vuelta de tuerca que resignifica todo lo visto, pero lo hace de una manera tan previsible y ramplona que uno se pregunta si tiene que imitar a una gran parte del resto de los espectadores de la función e irse de la sala. Al principio casi me convenzo de que tendría que haber hecho eso pero, habiéndome quedado hasta el final de la proyección y con unos días más para pensar, me pregunto ahora si Scorsese es o se hace.
De lo que no se puede dudar es que Martin Scorsese sabe de cine y, más que nada, vio mucho. En la película esto se evidencia en las múltiples citas cinéfilas y en la soltura con la que se maneja por distintos géneros. Esto da una pauta de que el film puede ser un film sobre el cine mismo. Además que la Historia se incluya en el relato, más allá de por la repercusión directa que ésta tiene en el personaje de Teddy Daniels, puede ser porque Scorsese quiera decir que también es una película sobre la historia del cine. Y si encima pensamos que el momento histórico en el que transcurre es la post guerra, cuando surge un movimiento muy importante de crítica cinematográfica que ayudó a forjar la historia grande del cine y, entre otras cosas, fue generador de textos sobre la cuestión moral o cómo filmar los campos de exterminio, todo empieza a cerrar un poco más o a abrirse del todo.
Además está el final, esa resolución donde nos damos cuenta –aunque simple vista de manera estúpida- que las cosas no son lo que parecen. Otra vez, como el cine.
El cine es el retrato más cabal de la realidad, ella es su materia prima. Y por eso funciona como reflejo del mundo que habitamos, como un espejo macabro, porque no es nuestro mundo, está del otro lado de la pantalla aunque se parezca a éste. Es una dimensión paralela. Deforme. Por eso nos inquietamos tanto cuando, estando en una sala, vemos en la pantalla otra (recuerden Imperio). Porque es una puesta en abismo demasiado difícil de soportar.
Tal vez La Isla siniestra, en sus momentos inmorales y banales sea también un reflejo, una puesta en perspectiva torcida, ya no del mundo sino del cine. Y, tal vez, todo lo que vimos como una estupidez, sea una máscara que esconde una obra desaforada y reflexiva a la vez. Lo que es seguro es que con una sola mirada no alcanza. Habrá que volver sobre esta película demente y desentrañar si es una genialidad o si este texto es un tonto ilusionado.
Publicado en House Cinema
domingo, 14 de marzo de 2010
Acá un texto que escrbí para ciudad.com cuando la Bigelow ganó sus oscarcitos.

Sabemos que ganó el Oscar por Mejor Película y Mejor Directora, que es la ex esposa de Cameron, que le ganó a "Avatar", que es la primera mujer en ganar esa estatuita y que es más linda que la mayoría de las actrices que estaban en la ceremonia. Y además de eso es una de las cineastas más interesantes de los últimos tiempos.
La formación inicial de la directora fue en el campo de las artes plásticas, lo que se nota muchísimo en el desarrollo estético de sus films. Se caracterizó siempre por hacer un cine de acción personal, lírico, tenso y político. Su debut fue con "The loveless" (1982), una de motoqueros que presentaba en su primer protagónico al siempre sacado Willem Dafoe y siguió con "Cuando cae la oscuridad" (1987), un western de vampiros, una de las más poéticas películas de terror. En 1989 dirige a Jamie Lee Curtis, que interpreta a una policía que se enamora de un agente de bolsa psicópata obsesionado con la violencia y el poder que representan el uniforme policial. Cada plano fascinado de "Testigo Fatal" nos pone como espectadores en ese mismo incómodo lugar hasta llegar al punto de enamorarnos de cada una de las partes de un revólver. Su cuarto largometraje, el más conocido y tal vez el mejor, es "Punto límite", ese clásico protagonizado por Keanu Reeves y Patrick Swayze donde el primero es un agente del FBI que tiene que infiltrarse en un grupo de surfers, liderado por el segundo, que roban bancos disfrazados de presidentes noerteamericanos: otra película de Bigelow sobre la frustración y la imposibilidad de la libertad con muchos momentos lacrimógenos. Los planos de las olas, los de Swayze y Reeves tirándose en paracaídas y esa frase final que le propina el agente Utah a Bhody cuando este decide irse a montar su última ola: "vaia con dí-os".
En los siguientes años filmó tres películas más hasta llegar a la premiada "Vivir al límite". "Días extraños" (1995), una película futurista del pasado que jugaba con la idea del fin del mundo en 1999; "El peso del agua" (2000), sobre un asesinato de muchos años atrás que descubre una fotógrafa, y "K-19" (2002), donde se da toda su acción dentro de un submarino en plena Guerra Fría.
Ese virtuosismo estético que caracteriza a su cine le supo jugar en contra por ser tildado de manierista o esteticista de la violencia. Pero sus recursos son pertinentes y se encuentran totalmente justificados por servir como envoltura de sus personajes y mimetizarlos con la mirada del espectador.
Los personajes del cine de Bigelow viven siempre necesitando algo más o siempre más de lo mismo. Desesperados, viven en un limbo, en la cámara lenta más adrenalínica e infinita. La tesis de "Vivir al límite" tal vez sea que esa mentira que es la guerra -y la de Irak mucho más–, sirve para sostener ese limbo. La mentira que no vemos para sostener la mentira en la que vivimos. La adicción a la nada. Que haya ganado el Oscar a Mejor Película es una bomba que Hollywood no llegó a desactivar y una gran oportunidad para poder ver y rever la obra de esta gran artista.
Sabemos que ganó el Oscar por Mejor Película y Mejor Directora, que es la ex esposa de Cameron, que le ganó a "Avatar", que es la primera mujer en ganar esa estatuita y que es más linda que la mayoría de las actrices que estaban en la ceremonia. Y además de eso es una de las cineastas más interesantes de los últimos tiempos.
La formación inicial de la directora fue en el campo de las artes plásticas, lo que se nota muchísimo en el desarrollo estético de sus films. Se caracterizó siempre por hacer un cine de acción personal, lírico, tenso y político. Su debut fue con "The loveless" (1982), una de motoqueros que presentaba en su primer protagónico al siempre sacado Willem Dafoe y siguió con "Cuando cae la oscuridad" (1987), un western de vampiros, una de las más poéticas películas de terror. En 1989 dirige a Jamie Lee Curtis, que interpreta a una policía que se enamora de un agente de bolsa psicópata obsesionado con la violencia y el poder que representan el uniforme policial. Cada plano fascinado de "Testigo Fatal" nos pone como espectadores en ese mismo incómodo lugar hasta llegar al punto de enamorarnos de cada una de las partes de un revólver. Su cuarto largometraje, el más conocido y tal vez el mejor, es "Punto límite", ese clásico protagonizado por Keanu Reeves y Patrick Swayze donde el primero es un agente del FBI que tiene que infiltrarse en un grupo de surfers, liderado por el segundo, que roban bancos disfrazados de presidentes noerteamericanos: otra película de Bigelow sobre la frustración y la imposibilidad de la libertad con muchos momentos lacrimógenos. Los planos de las olas, los de Swayze y Reeves tirándose en paracaídas y esa frase final que le propina el agente Utah a Bhody cuando este decide irse a montar su última ola: "vaia con dí-os".
En los siguientes años filmó tres películas más hasta llegar a la premiada "Vivir al límite". "Días extraños" (1995), una película futurista del pasado que jugaba con la idea del fin del mundo en 1999; "El peso del agua" (2000), sobre un asesinato de muchos años atrás que descubre una fotógrafa, y "K-19" (2002), donde se da toda su acción dentro de un submarino en plena Guerra Fría.
Ese virtuosismo estético que caracteriza a su cine le supo jugar en contra por ser tildado de manierista o esteticista de la violencia. Pero sus recursos son pertinentes y se encuentran totalmente justificados por servir como envoltura de sus personajes y mimetizarlos con la mirada del espectador.
Los personajes del cine de Bigelow viven siempre necesitando algo más o siempre más de lo mismo. Desesperados, viven en un limbo, en la cámara lenta más adrenalínica e infinita. La tesis de "Vivir al límite" tal vez sea que esa mentira que es la guerra -y la de Irak mucho más–, sirve para sostener ese limbo. La mentira que no vemos para sostener la mentira en la que vivimos. La adicción a la nada. Que haya ganado el Oscar a Mejor Película es una bomba que Hollywood no llegó a desactivar y una gran oportunidad para poder ver y rever la obra de esta gran artista.
martes, 26 de enero de 2010
Melodías animadas 3
Tentación obliga. Seguimos con Mike Judge.
The Honky Problem
Beavis and Butthead: Nose Bleed.
The Honky Problem
Beavis and Butthead: Nose Bleed.
lunes, 25 de enero de 2010
Inner space
Mientras esperamos lo próximo de Mike Judge, que se viene este año, acá hay un recuerdo de esa gran película expropiadora que es Office Space. Este es otro tipo de espacio que el de Christy Karacas pero no menos monstruoso u hostil.
martes, 19 de enero de 2010
lunes, 18 de enero de 2010
El 2010 ya se re vino y todavía no entregué mi lista de las mejores del 2009, que es lo que corresponde a cualquier cinefílico. Se habrán dado cuenta las dos personas que siguen leyendo este blog que ya no tenían mucho para leer por acá. Hoy tampoco habrá demasiado, solo la lista sin ningún tipo de balance ni nota evaluativa ni nada de nada. Tal vez se vengan algunos textos sobre algunas de esas películas en estos días (estos días de 2010, que me quedan más de 300 y que se me pueden venir al humo en calzones rojos que los espero de a uno o a todos juntos). Felicidades! Feliz mitad del primer mes del primer año de esta nueva década!
1- Adventureland (Greg Mottola)
2- Let the right one in (Tomas Alfredson)
3- Bastardos sin gloria (Quentin Tarantino)
4- ¿Qué pasó ayer? (Tod Phllips)
5- Julie and Julia (Nora Ephron)
6- This is it (Kenny Ortega)
7- Los amantes (James Gray)
8- Coraline (Henry Selick)
9- Diabólica tentación(Karyn Kusama)
10- La piedra mágica (Robert Rodriguez)
Y dejamos pasar a otras que andan ahí y que seguramente algunos pensarán que son "mejores" que Diabólica tentación, La piedra mágica o This is it. Acá vienen:
Vil Romance; Agente internacional; Star trek; Igor; Z32; Una semana solos; El artista; Arrástrame al infierno; Up; Ponyo;
A prueba de muerte; 2012; Belle Toujours; Gran Torino; EL transportador 3; La huérfana; Sangriento San Valentín; Marley y yo; Lluvia de hamburguesas; Entre muros.
Además:
-Algunas buenas pelis que se estrenaron en dvd ampliado no aparecen por acá.
-Si se hubiera estrenado I love you, man probablemente quedaba primera.
-La que más me enojó fue Watchmen y con el tiempo, cada vez más, la de Campagnola, El secreto de sus ojos, me pone de la cabeza, no tanto por la película en sí sino por las múltiples defensas miopes de esa película.
Hasta la vista, babes.
1- Adventureland (Greg Mottola)
2- Let the right one in (Tomas Alfredson)
3- Bastardos sin gloria (Quentin Tarantino)
4- ¿Qué pasó ayer? (Tod Phllips)
5- Julie and Julia (Nora Ephron)
6- This is it (Kenny Ortega)
7- Los amantes (James Gray)
8- Coraline (Henry Selick)
9- Diabólica tentación(Karyn Kusama)
10- La piedra mágica (Robert Rodriguez)
Y dejamos pasar a otras que andan ahí y que seguramente algunos pensarán que son "mejores" que Diabólica tentación, La piedra mágica o This is it. Acá vienen:
Vil Romance; Agente internacional; Star trek; Igor; Z32; Una semana solos; El artista; Arrástrame al infierno; Up; Ponyo;
A prueba de muerte; 2012; Belle Toujours; Gran Torino; EL transportador 3; La huérfana; Sangriento San Valentín; Marley y yo; Lluvia de hamburguesas; Entre muros.
Además:
-Algunas buenas pelis que se estrenaron en dvd ampliado no aparecen por acá.
-Si se hubiera estrenado I love you, man probablemente quedaba primera.
-La que más me enojó fue Watchmen y con el tiempo, cada vez más, la de Campagnola, El secreto de sus ojos, me pone de la cabeza, no tanto por la película en sí sino por las múltiples defensas miopes de esa película.
Hasta la vista, babes.
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