Hace aproximadamente un mes, con respecto al estreno de La isla siniestra, escribía en esta página permitiéndome dudar sobre sus valores o desvalores, pensando que, detrás de algunos elementos que la volvían en apariencia banal, se escondía una película muy rica que tenía muchas ideas sobre el cine y necesitaba escupirlas todas juntas y que, con el tiempo y con más visiones, crecería su sentido. Hoy estoy totalmente convencido de la riqueza de esa película.
Con la nueva entrega del director de Donnie Darko me pasó algo muy parecido. La primera vez que la vi estaba atornillado a la butaca (bah, a la cama, la verdad) debido a los climas enigmáticos y terroríficos que me proporcionaba la película, muy similares a los que logra David Lynch en su mejor estado. A la trama, ya de por sí inquietante, se le sumaba la actuación de Cameron Díaz en un papel que no debería ser para ella, no porque no esté bien en ese personaje sino por estarlo demasiado, porque le salga tan perturbador. Es que Cameron Díaz no es una actriz que uno pueda pensar tan pervertible; es la sonrisa eterna de la comedia americana, el gesto que nos garantiza tranquilidad. Y así, haciendo recursos la imaginación y la capacidad para construir climas, La caja me sumía en una pesadilla placentera hasta que llegó el final. Cuando todo, bien a lo Lynch, parecía que se iba a fugar para siempre, que solo quedaba disfrutar de los climas, de las puras formas cinematográficas y que La caja era un canto a la aventura onírica del cine, todo se tuvo que cerrar con un final explicativo de más, moralista y hasta cruel. Enojado, la calificación fue: Desilusión. Aunque había una pregunta molesta que golpeaba mi cabeza y para con la cual me fui haciendo el tonto, a medida que pasaban las semanas, hasta olvidarme: ¿Un mal final puede invalidar toda una película que prometía festejo? La respuesta es simple: No o sí, dependiendo del caso. En La niebla de Frank Darabont yo creo que no, por ejemplo. Pero con esta sabía que por alguna razón me hacía tal pregunta. Así que llegó la fecha del estreno y, como tenía que escribir algo, la volví a ver.
Un poco avergonzado de mí mismo me fui alertando de un montón de cosas que antes no había tenido en cuenta, algo que suele suceder en las segundas miradas con las películas jugosas (con otras no vale la pena ni llegar a la mitad de la primera). El clima enrarecido seguía y el miedo, lamentablemente, también. Pero sólo el miedo que la película pretendía generar, mientras que el que me provocaba acercarme a ese final que había detestado desaparecía poco a poco por la confianza que me generaba la puesta en escena sólida y al mismo tiempo líquida, inabarcable. Algo que nos encanta a los críticos es el metalenguaje, por dedicarnos básicamente a uno (la crítica lo es) y solemos estar atentos a las señales que da el cine sobre sí mismo. En este caso tengo que admitir que se me pasó por completo en la primera vez que vi la película. Y hay que decir que La caja es una película sobre la mirada. A lo largo del film se habla siempre de la luz, de que hay que ir hacia la luz (“que al final nos cegará”, quién avisa no traiciona); los personajes de Cameron Díaz y del temible Frank Langella fueron afectados en algún momento de sus vidas por distintos tipos de rayos; el protagonista es el creador de una cámara para filmar Marte; en los momentos de mayor paranoia (La Caja es una película tan o más paranoica que La isla siniestra) los personajes principales son observados por legiones de personas atentas; aparecen rollos fílmicos; hay espejos y reflejos y más.
Este año comenzó con una película que replanteaba la forma de mirar y de hacer cine: Avatar. Aunque los ciegos de siempre se resistan, la última película de Cameron tiene muchísimas capas que con cada nueva visión no terminamos de agotar, y sus múltiples ramificaciones se seguirán extendiendo con el pasar de los años. Avatar puso y sigue poniendo a prueba al cine, al espectador y al crítico: ese conjunto cineasta-espectador-crítico que piensa que tecnología es sinónima de “efectos especiales flasheros” (para alabarla o vapulearla) cuando en realidad es la constitución de un lenguaje. En un momento de La caja se cita a la tercera ley de Clarke (Arthur C. Clarke fue un importante escritor de ciencia-ficción y científico británico interesado en la astronáutica): “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Y es imposible dejar de pensar que la tecnología de avanzada indistinguible de la magia del siglo XX es el cine. Tal vez estas películas como La isla siniestra y La caja, más agrupadas entre sí que con Avatar (por ser menos sólidas en sus planteos, más dubitativas), se estén planteando tantas ideas de forma poco clara por dos motivos. Primero por la incertidumbre de hacia dónde va el cine, lo que requiere un replanteo de con que elementos y desde dónde abarcarlo, y segundo porque el cine es algo tan poco claro, tan poco seguro como la magia. De hecho también se habla en la película de lugares desconocidos, se habla de Marte como algo que “ha agitado la imaginación de la humanidad desde hace mucho tiempo” y también se habla de “nuevas formas de exploración”. Marte, cine. Es lo mismo.
Otra conexión con Avatar tiene que ver con la idea de la muerte de la mirada que conocemos y el renacimiento de una nueva. Para constatar esto el espectador tiene que ver sí o sí la película o le cuento el final. Mejor, mirar. Pero ya se pueden adivinar en algunas críticas ciertos palos al film por pecar de machista. La verdad es que el personaje de Cameron Díaz es el único que tiene la fuerza para tomar decisiones, la del principio y la del final. Y sí, una de ellas desatará un infierno para los protagonistas pero también una aventura fílmica para el espectador. Y otra dará un nuevo nacimiento a la imagen y el sonido.
Hasta acá lo que se puede escribir. El resto es ver, parecieran decir estas películas, con un ojo más atento, más alerta, más acorde a estas obras que están siempre en movimiento, que son siempre películas distintas de sí mismas. Y en todo caso, en la búsqueda de captar algo de la magia, hacerle honor a la segunda ley de Clarke: “La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.”
Con la nueva entrega del director de Donnie Darko me pasó algo muy parecido. La primera vez que la vi estaba atornillado a la butaca (bah, a la cama, la verdad) debido a los climas enigmáticos y terroríficos que me proporcionaba la película, muy similares a los que logra David Lynch en su mejor estado. A la trama, ya de por sí inquietante, se le sumaba la actuación de Cameron Díaz en un papel que no debería ser para ella, no porque no esté bien en ese personaje sino por estarlo demasiado, porque le salga tan perturbador. Es que Cameron Díaz no es una actriz que uno pueda pensar tan pervertible; es la sonrisa eterna de la comedia americana, el gesto que nos garantiza tranquilidad. Y así, haciendo recursos la imaginación y la capacidad para construir climas, La caja me sumía en una pesadilla placentera hasta que llegó el final. Cuando todo, bien a lo Lynch, parecía que se iba a fugar para siempre, que solo quedaba disfrutar de los climas, de las puras formas cinematográficas y que La caja era un canto a la aventura onírica del cine, todo se tuvo que cerrar con un final explicativo de más, moralista y hasta cruel. Enojado, la calificación fue: Desilusión. Aunque había una pregunta molesta que golpeaba mi cabeza y para con la cual me fui haciendo el tonto, a medida que pasaban las semanas, hasta olvidarme: ¿Un mal final puede invalidar toda una película que prometía festejo? La respuesta es simple: No o sí, dependiendo del caso. En La niebla de Frank Darabont yo creo que no, por ejemplo. Pero con esta sabía que por alguna razón me hacía tal pregunta. Así que llegó la fecha del estreno y, como tenía que escribir algo, la volví a ver.
Un poco avergonzado de mí mismo me fui alertando de un montón de cosas que antes no había tenido en cuenta, algo que suele suceder en las segundas miradas con las películas jugosas (con otras no vale la pena ni llegar a la mitad de la primera). El clima enrarecido seguía y el miedo, lamentablemente, también. Pero sólo el miedo que la película pretendía generar, mientras que el que me provocaba acercarme a ese final que había detestado desaparecía poco a poco por la confianza que me generaba la puesta en escena sólida y al mismo tiempo líquida, inabarcable. Algo que nos encanta a los críticos es el metalenguaje, por dedicarnos básicamente a uno (la crítica lo es) y solemos estar atentos a las señales que da el cine sobre sí mismo. En este caso tengo que admitir que se me pasó por completo en la primera vez que vi la película. Y hay que decir que La caja es una película sobre la mirada. A lo largo del film se habla siempre de la luz, de que hay que ir hacia la luz (“que al final nos cegará”, quién avisa no traiciona); los personajes de Cameron Díaz y del temible Frank Langella fueron afectados en algún momento de sus vidas por distintos tipos de rayos; el protagonista es el creador de una cámara para filmar Marte; en los momentos de mayor paranoia (La Caja es una película tan o más paranoica que La isla siniestra) los personajes principales son observados por legiones de personas atentas; aparecen rollos fílmicos; hay espejos y reflejos y más.
Este año comenzó con una película que replanteaba la forma de mirar y de hacer cine: Avatar. Aunque los ciegos de siempre se resistan, la última película de Cameron tiene muchísimas capas que con cada nueva visión no terminamos de agotar, y sus múltiples ramificaciones se seguirán extendiendo con el pasar de los años. Avatar puso y sigue poniendo a prueba al cine, al espectador y al crítico: ese conjunto cineasta-espectador-crítico que piensa que tecnología es sinónima de “efectos especiales flasheros” (para alabarla o vapulearla) cuando en realidad es la constitución de un lenguaje. En un momento de La caja se cita a la tercera ley de Clarke (Arthur C. Clarke fue un importante escritor de ciencia-ficción y científico británico interesado en la astronáutica): “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Y es imposible dejar de pensar que la tecnología de avanzada indistinguible de la magia del siglo XX es el cine. Tal vez estas películas como La isla siniestra y La caja, más agrupadas entre sí que con Avatar (por ser menos sólidas en sus planteos, más dubitativas), se estén planteando tantas ideas de forma poco clara por dos motivos. Primero por la incertidumbre de hacia dónde va el cine, lo que requiere un replanteo de con que elementos y desde dónde abarcarlo, y segundo porque el cine es algo tan poco claro, tan poco seguro como la magia. De hecho también se habla en la película de lugares desconocidos, se habla de Marte como algo que “ha agitado la imaginación de la humanidad desde hace mucho tiempo” y también se habla de “nuevas formas de exploración”. Marte, cine. Es lo mismo.
Otra conexión con Avatar tiene que ver con la idea de la muerte de la mirada que conocemos y el renacimiento de una nueva. Para constatar esto el espectador tiene que ver sí o sí la película o le cuento el final. Mejor, mirar. Pero ya se pueden adivinar en algunas críticas ciertos palos al film por pecar de machista. La verdad es que el personaje de Cameron Díaz es el único que tiene la fuerza para tomar decisiones, la del principio y la del final. Y sí, una de ellas desatará un infierno para los protagonistas pero también una aventura fílmica para el espectador. Y otra dará un nuevo nacimiento a la imagen y el sonido.
Hasta acá lo que se puede escribir. El resto es ver, parecieran decir estas películas, con un ojo más atento, más alerta, más acorde a estas obras que están siempre en movimiento, que son siempre películas distintas de sí mismas. Y en todo caso, en la búsqueda de captar algo de la magia, hacerle honor a la segunda ley de Clarke: “La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.”

2 comentarios:
Que buen analisis/ observacion! hasta ahora solo había leído notas sobre esta pelicula que hablaban de lo bien que estaba "la direccion de arte" y que no llegaba al nivel de Donnie Darko y cosas por el estilo que en lo personal no me dicen nada... Saludos y muy bueno el blog
Wooooow, leo la palabra Cameron y sólo pienso wooooooow, wooooodrow. Ella es lo más. Primero fue esa bomba latina de la máscara, después la indigerible mary, un poco más tarde la supuestamente maníaca julie (de cartón), y así podría seguir tirando nombres, que la cosa se va a poner cada vez más seria y por tanto más patética. Dónde dejaste las curvas nena? Anda y comete un guiso, querés. Aguante Argentina! :)Seba
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