lunes, 15 de marzo de 2010

Del otro lado del espejo

El cine nunca es lo que parece. Es el lenguaje artístico más realista de todos y por eso es la mentira más sofisticada. La tecnología como cómplice del robo del siglo (pasado).
La nueva película de Martin Scorsese es cine y son muchas cosas a la vez dentro de él. Tal vez esta sea su obra más ambiciosa. Ya sabemos que a Marti hace algunos años lo que más le importaba era ganar el Oscar y hacerse respetar a base de tirar cien mil ideas por minuto, lo que hacía que sus últimas películas (a excepción de Los infiltrados, paradójicamente ganadora del Oscar) resultaran un tanto pesadas y pretensiosas. La isla siniestra no pareciera ser la excepción pero el cine nunca es lo que parece. O, mejor dicho, las apariencias son bastante más complejas de descifrar.
En La isla siniestra hay mucha cinefilia. Se repasa toda una variedad de géneros, desde el policial negro hasta el terror, pasando por el cine de aventuras, el bélico y el melodrama. Y mezcla el cine más clásico con recursos vanguardistas. También hay situaciones oníricas, recuerdos de los campos de exterminio nazi y mucha, mucha locura. Por momentos pareciera que todo lo logrado con su potencia narrativa, con sus climas enigmáticos se cayera en mil pedazos, por ejemplo, con las decisiones morales y formales (en el cine son una misma cosa) que el director toma a la hora de filmar los campos de exterminio. Los primeros planos de niños muertos se suceden y hay un fusilamiento estetizado de más en un travelling que produce un rechazo casi instantáneo. Además, como si fuera poco, hacia la segunda mitad de la película hay una vuelta de tuerca que resignifica todo lo visto, pero lo hace de una manera tan previsible y ramplona que uno se pregunta si tiene que imitar a una gran parte del resto de los espectadores de la función e irse de la sala. Al principio casi me convenzo de que tendría que haber hecho eso pero, habiéndome quedado hasta el final de la proyección y con unos días más para pensar, me pregunto ahora si Scorsese es o se hace.
De lo que no se puede dudar es que Martin Scorsese sabe de cine y, más que nada, vio mucho. En la película esto se evidencia en las múltiples citas cinéfilas y en la soltura con la que se maneja por distintos géneros. Esto da una pauta de que el film puede ser un film sobre el cine mismo. Además que la Historia se incluya en el relato, más allá de por la repercusión directa que ésta tiene en el personaje de Teddy Daniels, puede ser porque Scorsese quiera decir que también es una película sobre la historia del cine. Y si encima pensamos que el momento histórico en el que transcurre es la post guerra, cuando surge un movimiento muy importante de crítica cinematográfica que ayudó a forjar la historia grande del cine y, entre otras cosas, fue generador de textos sobre la cuestión moral o cómo filmar los campos de exterminio, todo empieza a cerrar un poco más o a abrirse del todo.
Además está el final, esa resolución donde nos damos cuenta –aunque simple vista de manera estúpida- que las cosas no son lo que parecen. Otra vez, como el cine.
El cine es el retrato más cabal de la realidad, ella es su materia prima. Y por eso funciona como reflejo del mundo que habitamos, como un espejo macabro, porque no es nuestro mundo, está del otro lado de la pantalla aunque se parezca a éste. Es una dimensión paralela. Deforme. Por eso nos inquietamos tanto cuando, estando en una sala, vemos en la pantalla otra (recuerden Imperio). Porque es una puesta en abismo demasiado difícil de soportar.
Tal vez La Isla siniestra, en sus momentos inmorales y banales sea también un reflejo, una puesta en perspectiva torcida, ya no del mundo sino del cine. Y, tal vez, todo lo que vimos como una estupidez, sea una máscara que esconde una obra desaforada y reflexiva a la vez. Lo que es seguro es que con una sola mirada no alcanza. Habrá que volver sobre esta película demente y desentrañar si es una genialidad o si este texto es un tonto ilusionado.

Publicado en House Cinema

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