
“Se dice de la persona que falta a la confianza que en ella se pone”. Así se explica uno de los significados de la palabra vil en el diccionario. “Vos tenés que entender que soy un tipo grande y que entregar el orto no es una cosa que se decide de un día para el otro”. Algo así dice Raúl en un diálogo de Vil Romance.
La confianza es importante en ésta película y cabe decir que, al depositarla en ella, no se saldrá desilusionado. A menos, claro, que sea una confianza de condescendencia, que le pidamos a la película que no salga de un esquema que tenemos armado sobre la base del consumo de imágenes pulcras, inmaculadas, esterilizadas. El que busque esto no saldrá desilusionado, saldrá trompeado. Si confiamos en Vil Romance, si realmente confiamos, la película cumple. Cuando tenga que haber sexo, se mostrará eso y no otra cosa. Cuando se tenga que decir “entregar el orto”, se dirá eso y no otra cosa. Hay que confiar en este romance, un conjunto de imágenes que nacen libres pero nunca iguales.
Roberto (Nehuén Zapata), un chico más bien dulce y tranquilo que no vive en ningún lugar fijo, y Raúl (Oscar Génova), un cincuentañero símil Pappo, se conocen en una estación de tren de la provincia de Buenos Aires y sus primeros encuentros sexuales serán violentos, secos y rudos. Rápidamente comienzan a vivir juntos y crean un tipo de relación que en un momento se ve acorralada por la desconfianza y comienzan los celos, el engaño y la violencia.
“Se aplica a cada una de las lenguas derivadas del latín” es una de las explicaciones que da el diccionario acerca de la palabra romance. “Del latín lover” decimos nosotros. Es que esta película tiene la pasión del amor latino en cada uno de sus fotogramas. Cada plano está filmado con un orgullo irresponsablemente amoroso, desesperado, febril, rumbero, cumbiero, borracho. Y de la desconfianza a la traición, de la traición al castigo. Así, como un estribillo latino sin alma de hit.
Pero lo mejor de Vil Romance es que lleva la pasión universal (ahí esta el personaje español que se viene a meter en el medio) al conurbano bonaerense y es en su localía donde gana más puntos y, en esta tierra de nadie, planta su bandera y logra una de las películas argentinas más bellamente lúmpen de los últimos tiempos. Logra que el cine local diga “whisky” para la foto turista pero le salga la sonrisa deformada por el fernet. Y, así, con su imperfección como camiseta, la película de José Campusano baila y grita “¡Saborrr!”
Publicado en La Otra Guía del mes de noviembre.
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